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«American Crime Story» y «The Night Of»: crímenes en busca de autor

28/09/2016

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Dos de las miniseries más aclamadas de 2016 se inscriben en un género, el del thriller o drama judicial, en el que ya nos parecía que estaba todo hecho. ¿Cuántas películas habremos visto (y aquí caben desde auténticas obras maestras hasta los más desechables artefactos telefílmicos) sobre procesos jurídicos y carcelarios, abogados infatigables, falsos (o no) culpables, causas aparentemente claras que esconden mucha turbiedad bajo la superficie?  Convengamos  que ya hemos tenido mucho de eso, y probablemente por esa razón, y a pesar de las buenísimas críticas que han cosechado, más de uno haya pasado por alto “American Crime Story: The People vs. O.J.Simpson”, de FX, y “The Night Of”, de la HBO. En realidad, ninguna de las dos viene a aportar nada nuevo al susodicho género, es decir, los códigos que manejan son reconocibles, identificables y, por qué no admitirlo, en cierto sentido predecibles, pero sí contribuyen a ennoblecerlo  porque están endemoniadamente bien contadas y perfectamente ambientadas, exhiben unas interpretaciones magníficas, exponen temas complejos con laboriosa minuciosidad, abarcando toda la escala de grises morales, y se enmarcan en un contexto, un trasfondo social, que les conecta directamente con el aquí y el ahora, lo que posibilita que al resto de sus virtudes se le sume la de propiciar el debate.  Aunque son series bien distintas, en tono, ritmo y estética, ambas comparten suficientes elementos como para englobarlas en una misma entrada.  Y aunque las dos son muy buenas, una me gusta bastante más que la otra y, sorpresa, no es la de la HBO.

Lo que no es ninguna sorpresa es que “American Crime Story” se haya hecho con los principales premios gordos en la categoría de miniserie en la reciente gala de los Emmy,  aunque cuando llegó a la pequeña pantalla, allá por el mes de febrero, nadie sabía muy bien qué nos podríamos encontrar. Venía bajo los auspicios de Ryan Murphy, el responsable de “American Horror Story”, la serie que abrió la senda para el actual auge del formato antológico… y también la primera en demostrar que la fórmula podía degenerar y agotarse antes de lo previsto. En cualquier caso, su querencia por el exceso frívolo y su estilo visual desatado no parecían los rasgos más adecuados para un acercamiento “serio” al celebérrimo caso del juicio de O.J. Simpson, todo un fenómeno social de los años 90, especialmente en EE.UU, donde se siguió como si de un reality show a escala nacional se tratase. ¿Iba a ser “American Crime Story” una sátira, una parodia folletinesca o una payasada autoconsciente? Podía haberlo sido y quizás no hubiera supuesto un mal enfoque, por lo de circense que tuvo el denominado “juicio del siglo”, pero lo cierto es que el sello de Murphy queda reducido al mínimo y lo que queda es un fascinante entretenimiento de primera categoría, tanto para el espectador que recuerda el caso como si fuese ayer (aunque ya han pasado 20 años) como para el que lo desconoce totalmente. Leer más…

La extraordinaria e injusta historia de Los Piratas

22/09/2016

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Los Piratas aparecieron una década antes de lo que se les esperaba. Con esta afirmación se podría resumir la trayectoria de uno de los más interesantes grupos que surgieron en nuestro país entre finales del siglo XX y los primeros coletazos del XXI. Y es que Los Piratas fueron una extraordinaria banda de rock que no llegó a encontrar un espacio en el que ver reconocido su verdadero potencial. Hagamos memoria. En los años 90 eso de la escena independiente era algo muy muy minoritario, y en el pequeño segmento de nombres ‘indies’ con una repercusión más o menos importante lograron colarse Los Planetas y poco más, ya que la explosión de Dover fue una especie de milagro irrepetible. En una época sin la difusión masiva que supone internet, los altavoces de los grupos se limitaban a los medios de comunicación convencionales, por lo que si te separabas mínimamente de los sonidos establecidos corrías el peligro de quedarte fuera. Y eso es lo que en parte sucedió con Los Piratas, una banda que vivió en continuo equilibrio entre el mainstream y la escena alternativa, un alambre por el que en la actualidad caminan sin problemas numerosos nombres como Vetusta Morla o Love of Lesbian, pero que en su momento era una misión casi imposible. Y así resultó. Y de forma paradójica pero también casi lógica, desde el mismo momento de su desaparición, allá por 2004, con la irrupción de las redes sociales y la eclosión de la escena independiente, la banda fue ocupando el prestigio y el lugar que en vida se le había negado.

Por resumir un poco su trayectoria, Los Piratas fue un grupo de Vigo liderado por el carismático Iván Ferreiro, que evolucionó a pasos acelerados del pop-rock más convencional a juguetear poco a poco con la electrónica, siendo esta la que finalmente envolvió buena parte de su sonido. Y ese gusto por experimentar fue seguramente su mayor tesoro pero también su cruz, ya que, volviendo a insistir, no estaba en aquel momento el público mayoritario ni acostumbrado ni dispuesto a asumir riesgos. Pero por el camino la banda dejó un buen número de increíbles canciones, algunas convertidas casi en himnos, que por su indudable calidad lograron escapar a cualquier moda o etiqueta, siendo hoy consideradas parte fundamental de la historia de la música en España. De ellas vamos a valernos para recordar un poco más a fondo la trayectoria de uno de los nombres que fue, pero que pudo y debió haber sido mucho más.

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«Historia de un clan»: dulce hogar… a veces

16/09/2016

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(ALERTA SPOILER: El siguiente texto desvela importantes sucesos de la trama de «Historia de un clan», aunque esta vez los más impacientes pueden saciar su curiosidad sin problema: la historia de los Puccio es sobradamente conocida y el suspense es absolutamente accesorio para disfrutar de esta serie).

Existe un extraño fenómeno que se repite con cierta periodicidad. Se trata de ese por el cual, después de muchos años de que el mito no apareciera en la gran pantalla, ese eficaz ‘blockbuster’ que es «Robin Hood, príncipe de los ladrones» llevara en 1991 al mayor de los ostracismos a su coetánea «Robin Hood, el magnífico». O aquel por el cual la «Truman Capote» del oscarizado Philip Seymour Hoffman dejara en el olvido al magnífico Toby Jones de ‘Historia de un crimen’ cuando nadie hasta ese momento había reparado en introducir la vida del escritor estadounidense en el cine. Algo parecido ocurrió allá por 1992, en plenos fastos del V Centenario del descubrimiento de América, aunque esta vez nadie se acuerda ni de la lujosa «1492: La conquista del paraíso» de Ridley Scott ni de la malhadada «Cristobal Colón: el descubrimiento». El caso más reciente se ha dado con una de las historias criminales más célebres de Argentina: la de la familia Puccio. Una bicoca para la ficción que no había sido desarrollada hasta que a finales de 2915 coincidieron «El clan», la magnífica película de Pablo Trapero que ya comentáramos aquí coincidiendo con su estreno, e «Historia de un clan», una ambiciosa serie televisiva emitida por la poderosa Telefé.

Tras la intensa experiencia que supuso el visionado del filme, un servidor ya se había apuntado la serie en la agenda pero logró vencer a la impaciencia y decidió esperar unos meses para ‘descontaminar’ su cerebro y poder examinar con justicia la ficción producida dirigida por Luis Ortega. Y he de admitir que la primera impresión fue más bien negativa. Los dos primeros capítulos recogían prácticamente los mismos hechos que el filme pero sin la espectacularidad y energía de éste y, además, en un sorprendente ‘flash forward’, se ventilaba sin demasiados aspavientos la que suponía la escena cumbre (ese impresionante plano secuencia) de la obra de Trapero. La condición de ‘hermano pobre’ se cernía sobre ella de forma inminente. Y, hete aquí, que, a partir del tercer episodio, «Historia de un clan» parece quitarse los complejos, venirse arriba, encontrar su propia personalidad y, finalmente, convertirse en la modélica producción que, sin duda, es. Leer más…

«Skeleton Tree»: la herida abierta de Nick Cave

14/09/2016

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Casualidad o no, los dos discos más sobrecogedores (y, para qué negarlo, también los mejores) que un servidor ha escuchado en 2016 se hicieron mirándole a la muerte a los ojos.  Nada más comenzar el año Bowie se nos apagaba con “Blackstar”, el espeluznante testamento de un condenado, la turbadora nota de despedida de un hombre muerto, el truco final del viejo ilusionista antes de desaparecer del escenario. “Skeleton Tree”, en cambio, nace de la herida abierta, irrestañable, del que se queda en este mundo,  de los restos de un naufragio imposible de anticipar, de los pedazos rotos del alma de un hombre que apenas se reconoce en el espejo. “Skeleton Tree” es el retrato abstracto de un monumento en ruinas, el propio Nick Cave, que, como todo el mundo debe saber, perdió en julio de 2015 a su hijo Arthur, de 15 años, al precipitarse por un acantilado en la localidad británica de Brighton. La sombra de esa tragedia planea inabarcable por el decimosexto trabajo de Nick Cave & the Bad Seeds, hasta teñirlo de un negro espectral y desgarrador. Más que un disco, es un estado de ánimo (o de desánimo) de un artista que busca a tientas una redención, una plegaria balsámica o una cura imposible para un dolor que sabe que nunca desaparecerá del todo.

La película documental “One More Time with Feeling”, de Andrew Dominik, indaga con el respeto de un confesor y sin rastro de sensacionalismo en los pensamientos fracturados, a veces clarividentes, a veces confusos, de Cave y en el  inmenso vacío emocional que trata de rellenar la grabación de un disco que de ninguna manera puede ser otro disco más. Su visionado es muy recomendable para contextualizar y comprender mejor este “Skeleton Tree” (y a menos que se asistiera al único pase en salas del jueves 8, me temo que tendrán que esperar a su lanzamiento en DVD), pero no imprescindible, pues es una obra que se explica por sí misma sin necesidad de imágenes. Habrá quien argumente que cualquier juicio sobre este disco está irremediablemente mediatizado por las circunstancias que le rodean y que la empatía del oyente (o esa compasión que tanto irrita al australiano) hacia una pérdida tan irreparable puede contribuir decisivamente a inflar la nota. Puede que haya algo de razón en eso, pero es que estamos ante un caso en el que es absolutamente imposible separar vida y obra. “Skeleton Tree” es como es porque nace verdaderamente de las tripas. ¿Hay discos mejores de Nick Cave & the Bad Seeds? Probablemente sí, más de uno. Pero aquí no estamos ante una dramatización o una recreación más o menos fidedigna del tormento y el dolor; asistimos al tormento y el dolor en carne viva. Y es jodidamente real. Y por eso es una obra maestra. Leer más…

«Monstruos»: Leiva se queda a un paso de reventar

09/09/2016

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Azótenme, reconozco que me molaban Pereza. No es para nada una afirmación ‘cool’, ya que no fue este un grupo que gozara del visto bueno de «los que saben», quizás incluso con razón, pero a mí me resultaron lo suficientemente molones y poseedores de un buen puñado de canciones bien defendibles ante cualquiera, además de demostrar una evolución más que interesante. Sin embargo, no va a ser este un rincón para enumerar las virtudes y los defectos del grupo de marras (y de un poco macarras), únicamente quería confesar mi simpatía por aquella banda, y por sus dos integrantes, Rubén Pozo (al que ya le dedicamos unas líneas con motivo del homenaje a su primera banda, Buenas Noches Rose) y Leiva, el tipo que verdaderamente aquí nos ocupa. Desde entonces, acudo a cada novedad de Leiva esperando un gran disco. ¿Los motivos? Pues no los tengo muy claros y además no creo ni que sean suficientes. Quizás pueda ser que en su etapa en Pereza fue quien más creció con la banda. Además, sus diferentes y numerosas colaboraciones con lo más granado de la escena rock nacional siempre le han dejado bien parado. Y absolutamente todo el mundo de ese rock patrio habla maravillas de él, desde músicos que para mí tienen toda la credibilidad, como Quique González, Carlos Tarque, Ariel Rot o Iván Ferreiro, hasta vacas (con)sagradas como Loquillo o Joaquín Sabina. Además, qué cojones, el tío me cae bien. Esa chulería tan descarada y esa tan premeditada imagen de rock star ‘dejao’ me resultan casi entrañables, y además, cuando habla, me lo creo.

Su primer álbum en solitario, «Diciembre» (2012) me pareció que era lo que tenía que ser. Se trataba de un buen disco, en el que continuaba la senda marcada por el último trabajo de Pereza, el muy reivindicable «Aviones», vistiendo a las canciones con profusión de guitarras acústicas y vientos, y con media docena de ellas bastante resultonas. No era un disco redondo, pero valía para mantener la esperanza. Sin embargo, su continuación, «Pólvora»(2014), sí me resultó decepcionante. Además de que el nivel compositivo creo que descendió notablemente (si bien puede que «Terriblemente cruel» sea hasta ahora su hit más redondo), las coletillas, truquitos y manías empezaban ya a hacerse reiterativos, se le empezaban a ver las costuras (y demasiado pronto). Así, con la duda y la sospecha casi  haciéndome saltar del tren, nos plantamos ante su tercer disco, «Monstruos». Y después de darle las suficientes escuchas… me deja con las mismas dudas. No creo que sea un grandísimo trabajo, pero sí posee las suficientes cualidades (rotundamente muchas más que «Pólvora») y los necesarios ganchos para hacer que vaya a mantenerme a la espera y para seguir confiando en que tarde o temprano Leiva va a reventar y va a hacer algo muy grande. ¿Y cuáles son esas virtudes y esos defectos de «Monstruos»? Síganme, que no va a doler.

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«Horace and Pete»: la tristeza de una Budweiser

07/09/2016

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El pasado año hablábamos de la quinta temporada de «Louie» como una posible despedida, ya que el propio comediante (nuestro comediante triste) había declarado sus intenciones de aparcar el producto. No nos importó por aquel entonces no saber si aquel road trip fue lo último que veríamos del gran Louie porque, como señalamos, durante años dicha serie se había convertido en una oda al surrealismo que esconden las acciones cotidianas, al factor sorpresa de la rutina, al «todo puede salir mal» y al «esto ha salido bien por pura casualidad». De ese modo, el final no debería ir acompañado de fuegos artificiales, sino ser un final, un corte en la realidad tan ordinario como la vida.

Meses más tarde Louis C.K. volvió a declarar que aquel libro estaba cerrado, aunque sus más fervientes seguidores creemos que no lo ha guardado en la estantería y cuando le plazca puede volver a abrirlo como cuando cualquiera de nosotros hace un paréntesis en algo que lo está manteniendo estancado. Sin previo aviso, no podía ser de otra manera, en enero de este año lanzó una web serie llamada «Horace and Pete» de la que no he podido disfrutar hasta ahora. Pero dicen que nunca es tarde si la dicha es buena, y por no contener el entusiasmo e ignorando aquello de poner por las nubes las expectativas de nuestros lectores, diré que hasta el momento y a falta de la emisión de otros pesos pesados, este es mi producto favorito del año.

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«Los últimos días de Manel Vegas», de Marcus Versus: un huracán de palabras

16/08/2016

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Cualquier forma de celebración cultural debería de tener por objetivo, o al menos por uno de sus objetivos, remover al espectador, causarle sensaciones e inquietarle mínimamente, y para ello el creador está autorizado a poder valerse de todos los instrumentos a su alcance. A veces una simple idea es lo suficientemente válida para sobre ella articular toda una obra y ese germen puede llenarlo y alcanzarlo todo. Otras veces la semilla hay que regarla y adornarla, o al menos cuidarla, y para ello la forma en la que se presenta debe estar al menos a la altura, y ser criador además de recolector. Y en otras ocasiones es la forma la que lo inunda todo, la que deja en un segundo plano al primero y la que no sin destreza y genio te zarandea y te arrastra a una historia que en otro vestido sería muy diferente, incluso ni sería. Esta opción muchas veces es tachada de vacía y tramposa por «los que saben». Ni caso. Acotamos parcela: hablamos de literatura, por lo que hablamos de letras y de lenguaje, hablamos de evocaciones y de imaginación, hablamos de escuchar. Y se trata de crear mundos a través de palabras, y con ellas enamorar al lector, ya sea por las buenas o por las malas. Uno de los recursos para intentar captar la atención del interlocutor en cualquier aspecto de la vida es la ruptura de normas, el salirse de lo establecido y de lo esperado. El mundo de las letras también aprovecha estas salidas de tono para epatar y muchas veces hacer de ello un estilo. Pero para reinventar el lenguaje hay que conocerlo previamente. Para escribir «mal» hay que saber escribir «bien» (por favor, no subestimen las comillas).

Hecha la pertinente y muchas veces un poco onanista introducción de los hechos, describamoslos: tenemos entre manos un libro titulado «Los últimos días de Manel Vegas», escrito por un tal Marcus Versus y publicado por una editorial que dice llamarse Diente de Perro. Se trata de la segunda novela del escritor en cuestión, después de haber lanzado en 2014 «Habitación 804», un autor que es bastante más conocido por su faceta poética que por la prosaica. A él se le deben dos de las más importantes editoriales de poesía independiente de Madrid, «Ya lo dijo Casimiro Parker» (rampa de salida, y más, de Escandar Algeet) y «Harpo Libros» (colchón salvavidas, y más, de Irene X) y en poesía además ha publicado «Un mar bajo el suelo» y «No Happy». La historia que estamos tratando narra, a grandes rasgos, el ocaso de un escritor de éxito años ha, exiliado temporalmente en Berlín para intentar crear algo que le haga recuperar el prestigio y éxito perdido, pero que en esa búsqueda no encuentra otra cosa que su fin. Así, a modo de diario, vamos siendo testigos del enloquecimiento de una persona a la que un leve empujón, un mínimo tropiezo, le condena a los más oscuros abismos, siendo allí donde al fin es consciente de su triste devenir y de su ruin personaje.

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«Girls»: la poética de lo ordinario

11/08/2016

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(AVISO SPOILERS: Puede que cuatro meses después de la emisión del que es hasta ahora su último episodio, «I Love You Baby», alertar de spoilers sea más una oda al humor que una consideración. No obstante, a partir de aquí, monstruos.)

Tal vez, no hablar de una de las dramedias (o comedias tristes de corte indie, como gustéis en clasificarlas) más importantes en antena desde su tercera temporada sea un delito por parte del Cadillac, pero en los últimos tiempos este pequeño espacio nuestro con olor a gasolina está poniendo remedio a eso de no traeros lo mejorcito de la ficción televisiva aunque podamos permitir un pequeño tirón de orejas de vuestra parte por la demora. Hoy es la criatura de Lena Dunham la que mueve nuestras palabras, esa criatura emitida por HBO que despierta tantas pasiones como bilis pero a la que sólo podemos calificar de honesta por múltiples razones.

Mi relación con «Girls» no comenzó en su primer año de emisión ni supuso el flechazo instantáneo que tanto se extendió en una buena mayoría de sus espectadores por una razón bien sencilla: nunca me pareció que fuera la voz de una generación. No exactamente y no de la mía, desde luego. No era un reflejo de mi estilo de vida personal ni de ninguno de los individuos que en aquel momento componían mi entorno. Y la cuestión es que el contexto era el mismo: veintitantos años, últimos coletazos en la vida universitaria y el miedo ante ese tiburón tan falto de piedad que es el mundo real. Pero no me veía en el reflejo de lo que ofrecía esa nueva serie tan absurdamente tachada de «para modernos» de la cadena por excelencia. Principalmente porque ese llamar independencia por parte de los personajes a un piso pagado por mamá y papá mientras exploraban sus más ancestrales deseos tenía poco que ver con los dos duros que llevábamos en el bolsillo algunos. Leer más…