(ALERTA SPOILER: Si a estas alturas no sabes cómo funciona esto, mal lo llevas. Prohibido leer si no has visto hasta “The Winds of Winter”, décimo y último capítulo de la sexta temporada de “Juego de tronos”)
¿No sé nos ha ido un poquito de las manos el fervor exacerbado hacia “Juego de tronos”? A ver, no me entendáis mal, pues esto además puede sonar muy raro cuando todos estamos aún maravillados por el apabullante final de traca que la serie nos ha endiñado en los últimos compases de su sexta temporada. No hablo tanto de la serie en sí misma como de todo lo que la rodea. Ni digo que no tengamos motivos para extasiarnos y pregonarlo cuando la ficción raya a su mejor nivel, como ha sucedido este año, ni a indignarnos y desahogarnos cuando nos muestra su peor cara, como también hemos visto, en bastantes ocasiones, a lo largo de estos diez últimos episodios. Me refiero al excesivo, por momentos insoportable ruido mediático que genera. En los últimos meses, no ha habido un solo día que no nos hayamos topado con diez, quince ¿noticias? en torno a la serie, a cual más estúpida y absurda. Titulares tipo «Carice van Houten pasa un fin de semana en familia en Aspen… ¡en la nieve! Se disparan los rumores» o «Una pareja de Villafranca de los Osos discute y él le suelta… ¡un spoiler de “Juego de tronos”! ¡¡¡Increíble!!!». No, en serio, nos hemos pasado. Como también hemos sacado de quicio, precisamente, lo de los dichosos spoilers, tanto por un extremo como por el otro. Se te ocurre escribir «Pues a mí me ha gustado mucho el último capítulo de “Juego de tronos”» y habrá quien se te lance enrabietado a la yugular al grito de «¡¡Spoiler!! ¡¡¡Avisa antes!!!». Vamos a ver, un poquito de tranquilidad. Luego, en el lado contrario, están los que te cascan en redes un lunes a primera hora de la tarde, pocas horas después de su estreno en USA y antes de su emisión oficial en España, cosas como «¿Qué muerte te ha resultado más satisfactoria, la de Joffrey o la de Ramsay?», acompañado de sendas fotos del rostro morado del joven rey Lannister, perdón, Baratheon, y de uno de los perritos del bastardo Bolton a un centímetro del rostro de su querido amo… Hay cosas que no se hacen, coño. Eso no. Pero al grano. La explicación de todo esto es muy sencilla: “Juego de tronos” es mucho más que una serie, es un fenómeno social y mediático sin precedentes. Pero algunos, en realidad, sólo buscamos disfrutar de un buen capítulo cada semana y comentarlo, por qué no, con pasión pero sin fanatismos, y eso de habernos tirado dos meses y medio esquivando filtraciones, patochadas y rencillas no diría que ha enturbiado la experiencia, pero sí ha resultado un tanto cansado y estresante.
Que no parezca que estoy renegando en ningún momento de la serie. En este blog, en el que no hacemos reseñas semanales, hemos hablado de “Juego de tronos” casi más que de ninguna otra cosa. Éste es el décimo post que le dedicamos, y el noveno que escribe un servidor. Así que sí, por aquí somos fieles seguidores de la joya de la corona de HBO, aguardamos expectantes la llegada de cada nueva temporada, la disfrutamos a lo grande durante su emisión, a pesar de los pesares, y es inevitable que nos aflijamos cada vez que (¡y qué rápido pasa el tiempo!) vuelve a cerrar el telón para no reabrirlo hasta casi diez meses más tarde. Y si es precisamente tras una finale cuando nuestras emociones suelen estar más a flor de piel, no resulta nada descabellado afirmar que, tras la dupla “Battle of the Bastards”/“The Winds of Winter”, todos o casi todos nos hemos quedado con la sensación de que esta sexta temporada es lo más excelso que han hecho David Benioff y D. B. Weiss desde su estreno allá por 2011. Y tampoco ha sido así. Conviene tener memoria, más allá de estas dos últimas semanas, y no pasar por alto que, como decía más arriba, “Juego de tronos” puede habernos regalado sus momentos más sobresalientes, pero también muchos, demasiados, minutos insustanciales, cuando no directamente sonrojantes. Leer más…
No habrá paz para los «Peaky Blinders»
(ALERTA SPOILER: Revela detalles importantes de la trama de la serie, hasta el sexto capítulo de su tercera temporada)
Sin armar mucho ruido y ajena al bombo y platillo mediático que acompaña a otros productos que marcan la temporada televisiva, “Peaky Blinders” nos ha confirmado en su tercer año en antena que sigue siendo una de esas series que no hay que perderse. Al menos lo es en El Cadillac Negro, donde somos conscientes de que el programa de la BBC 2 británica tiene un público fiel y numeroso a pesar de que en muchos medios y blogs especializados siga siendo semi-ignorada. No es casualidad que el post que el amigo Rodrigo le dedicó en su día, “Peaky Blinders: gángsters, cuchillas y rock’n’roll”, sea uno de los más vistos de nuestra historia, principalmente gracias a multitud de lectores que nos llegan buscando información sobre ella. Cuando la serie irrumpió en 2013 lo que más destacaba de ella, más allá de estar inscrita en un género que siempre nos ha dado enormes alegrías a los cinéfilos, era su estética rompedora y tremendamente estilizada, combinada con una anacrónica banda sonora en la que se sucedían sin parar trallazos de rock contemporáneo disparados por Nick Cave y Jack White (grupo de francotiradores al que se añadirían en la segunda temporada Arctic Monkeys, PJ Harvey o The Kills). La Birmingham de los años 20 del siglo pasado lucía como un escenario de pesadilla atravesado por fogonazos de violencia, vicio, pecado y corrupción que nos impedían dejar de mirar la pantalla. Pero afortunadamente “Peaky Blinders” no lo fió todo a la carta de efectismo (aunque es justo reconocer que una parte sí) y supo demostrar en su segundo round que lo suyo no era simplemente el efímero triunfo de la forma sobre el fondo, sino que albergaba un enorme potencial para el largo recorrido. Las comparaciones con ese otro serión de la HBO llamado “Boardwalk Empire” proliferaron desde el primer momento (quizás prematura y equivocadamente), aunque es ahora, vista su tercera temporada, cuando la equiparación resulta más razonable, pues el invento de Steven Knight ha tomado el trazo y el tono de un auténtico clásico moderno sin traicionarse nunca a sí misma y a sus señas de identidad. Ahora, más que nunca, “Peaky Blinders” parece una serie (de las buenas) de la HBO.
La única forma de que un producto como este pueda sobrevivir con éxito al paso de las temporadas es ponerse a prueba a sí misma, aventurarse a salir de su zona de confort y rascar más hondo en los recovecos de sus personajes y las circunstancias político-sociales de la época que retrata. En ese sentido, la tercera temporada, con sus pequeñas imperfecciones, ha sido todo un triunfo y una lección de madurez. Habrá quien haya echado de menos pasar más tiempo en las sucias y mugrientas calles de Small Heath, pero la historia en este punto demandaba ampliar el campo de batalla y el microcosmos de los Shelby, y ese es el cometido en el que han afanado los responsables de la serie. Leer más…
Bienvenidos al infierno. Bienvenidos a las olas de calor continuas y al asfalto ardiendo. Bienvenidos al irrespirable aire del Sáhara y a los endemoniados aires acondicionados. Bienvenidos a los días interminables y a las calurosas noches en vela. Pero sin embargo, sean también muy bienvenidos al paraíso. Bienvenidos a las playas llenas de amigos desconocidos desde las ocho de la mañana. Bienvenidos a la arena debidamente incandescente y a la sal purificando todas tus malcuradas heridas. Bienvenidos a la comida de gourmet a precios más que ajustados para poder degustar junto a comensales mostrando desinteresadamente toda su piel. Y den la bienvenida a la siempre divertida música del verano. Esas canciones tan amenas, ligeras y frescas, que vienen estupendamente para poder contonearte y dejar desconectado el cerebro un buen ratito más. Pueden empezar a suicidarse.
Hace un par de años lanzábamos un grito en el desierto con el que pretendíamos reivindicar las canciones que hablan del verano sin tener que ruborizarnos y sin la necesidad de tener que empezar a perpetrar ningún tipo de baile de apareamiento siniestro con el que no sentirnos desplazados de la manada. En aquel Rock n’ Sol enumerábamos un buen número de temazos que se enmarcaban en tan peculiar periodo estival, y como creo que nos quedó un artículo muy bonito y aleccionador, y, lo más importante, como al parecer Enrique Iglesias está dispuesto a ocupar el trono que dejaron vacante otros especímenes que prefiero no recordar para no emborronar tan pronto estas líneas, creo que es de justicia poética que alguien salga a limpiar el honor patrio y demuestre que en este nuestro sagrado país también se han compuesto muy buenas canciones con la playa y el sol como escenario sin necesidad de tener que mover tu cu cu. Sí amigo, El Cadillac Negro, en una nueva y desinteresada misión, acude por segunda vez al rescate y os propone un listado de canciones que, al igual que en la anterior ocasión, no tienen ningún orden o coherencia, canciones sin ton ni son, canciones sólo con rock y sol, ¡y en español!

(AVISO: Es un tanto absurdo hablar de spoilers frente a una serie como «Master of None», sobre todo en un post cuya principal finalidad es la recomendación. Aún así, la audiencia extremadamente sensible al detalle puede volver una vez haya disfrutado de ella.)
Hubo un tiempo en que los maratones de series eran una posibilidad real y llevada al extremo, nuestro calendario semanal de episodios se cumplía con éxito y llegábamos a desear que ese producto que nos estaba empezando a resultar un coñazo fuera cancelado. Porque no verlo prácticamente todo no era una opción y teníamos que jugar al catedrático televisivo. Incluso era posible subirse al carro de los estrenos que más ruído provocaban en las redes. Hablo en pasado, por supuesto, porque el tiempo pasa para todos nosotros y con el avanzar de los años también se acrecentan nuestras obligaciones, se inflan nuestras agendas y, con aquello de madurar, empezamos a ver como el absurdo que es el hecho de que las cadenas de televisión nos organicen la vida. Mejor dos series que nos encanten que quince que nos agobien. Como si fuera un deporte. Como si no existieran más aficiones con las que despejar la carga de la rutina. Como si ese nuevo horario de trabajo y esas nuevas responsabilidades nos permitieran seguir religiosamente aquello que solíamos seguir. Es por eso que si un par de episodios semanales puede resultar una utopía, poner el ojo en los estrenos más punteros es una tarea que sin remedio se llega a aparcar. Ocho meses he tardado en poder echar un vistazo a un programa que me llamaba tanto la atención como «Master of none», pero en el Cadillac no tenemos miedo a la tardanza cuando lo que vamos a encontrar merece la pena.
¿Con qué premisa se nos presenta? «Master of None» (Netflix) es una de esas comedias de tonillo indie que tanto nos están gustando (aquí ya os hemos hablado de «Louie», «Love», «Transparent» o «Girls», algunas de las principales del género en antena) y que en ocasiones se acerca más al drama ligero (muy ligero). Aziz Ansari; creador, director, guionista y protagonista, interpreta a Dev, un actor de raíces hindúes que en plena treintena no tiene demasiada suerte con su carrera y se sigue planteando qué hacer con su vida en general mientras trata de solucionar el mundo con su reducido pero excepcional grupo en todos los bares de Nueva York. Sí, todo esto nos es familiar. Bienvenidos a la nueva treintena. Leer más…
¿Beatles o Stones? Simplemente di The Who
Una de las preguntas tópicas que más se ha repetido de generación a generación en la historia de la música popular es aquella que nos obliga a elegir bando entre mamá y papá: “¿Beatles o Stones?” Y quizás la mejor forma de responder a ese acertijo irresoluble sea tirando por la calle de en medio: “Ni unos ni otros, The Who”. Ningún aficionado con un mínimo de criterio musical tendría nada razonable que objetar, puesto que en aquellos tiempos de gigantes que fueron los gloriosos 60 y primeros 70 la banda de Pete Townshend, Roger Daltrey, John The Ox Entwistle y Keith Moon The Loon vivió instalada en las alturas. Hablar de The Who es hacerlo de una de las bandas más esenciales de todos los tiempos, una que consiguió canalizar el desencanto, la rabia y el entusiasmo de toda una generación, que contribuyó decisivamente a ensanchar los límites del rock para que éste alcanzase su mayoría de edad y que convirtió las actuaciones en directo en una apabullante explosión de energía e intensidad que probablemente nunca haya sido superada. Sí, Beatles y Rolling Stones pueden ser más célebres y estar más arraigados en el imaginario colectivo, pero el legado de The Who no sólo puede mirar de tú a tú y sin avergonzarse al de esos dos mitos, sino que en algunos aspectos alcanza a superarles.
No había eslabones débiles en ese férreo cuadrilátero sónico diseñado por cuatro talentos absolutamente excepcionales. Townshend, el cerebro de la banda, ha sido simplemente uno de los compositores más brillantes y creativos de la historia, amén de una figura esencial en la evolución de la guitarra eléctrica y la forma de tocarla, con su emblemático y violento molinillo y sus demoledores riffs. La voz de Daltrey, enérgica y poderosa, pasa por ser una de las más carismáticas del rock. El lunático, excéntrico y autodestructivo Moon, con su incendiaria y salvaje manera de aporrear los tambores y su aversión a los ritmos convencionales, creaba una atmósfera tribal y maniaca convirtiendo la batería en un instrumento solista más. Y Entwistle, el más discreto y reservado del cuarteto, elevó las posibilidades del bajo a otro nivel, desplegando líneas innovadoras como si se tratara de “un órgano de Bach” (en palabras del propio Townshend) , además de contribuir con composiciones magníficas que no desmerecían al lado de las del líder. Los cuatro juntos, en constante competición, destilaron una alquimia sonora que desparramaron por algunas de las páginas más inolvidables de la historia del rock, páginas que vamos a repasar en las próximas líneas aprovechando que lo que queda de la banda (Townshend y Daltrey) llega esta semana a nuestro país para celebrar en el Azkena Rock de Vitoria y el Mad Cool de la capital más de 50 años de Maximum R&B. Leer más…
«La invitación»: cianuro por compasión

(ALERTA SPOILER: Si aún no has disfrutado de uno de los mejores títulos de terror de este año, te aconsejamos que no veas ni el trailer; pues estamos nuevamente ante una de esas historias que, cuanto menos conozcas, más efectiva será y mejor lo pasarás. Intenta verla lo antes posible y, después, vuelve rápido a contarnos qué te ha parecido…y mejor no te pares a cenar con nadie por el camino).
Decía recientemente, en nuestra crítica de «La bruja«, que los más destacados títulos de terror de los últimos años aterrizaban en las salas de cine tras haber estado volando por debajo del radar durante todo su rodaje, mimetizados con el entorno y sin hacer ruido hasta el día de su estreno. A la ópera prima de Robert Eggers, se sumaban «It follows«, «Babadook» y ahora también «La invitación«; merecida triunfadora del último festival de Sitges.
«La invitación» es una nueva visita a las típicas reuniones con antiguas amistades que tantas veces hemos visto en la pantalla (desde «Reencuentro» de Lawrence Kasdan, hasta «Beautiful girls» de Ted Demme), que situará a Will (su protagonista) en la que, probablemente, sea la madre de todas las situaciones incómodas que uno puede tener en esta vida: invitado por su ex-esposa y su actual compañero sentimental a cenar en la que antiguamente fue su casa, lugar repleto de amargos recuerdos y rodeado de viejas amistades comunes. La típica situación en la que cualquiera de nosotros querría irse incluso antes de llegar, buscando cualquier excusa para salir por patas mientras desesperamos viendo como el tiempo parece detenerse y el alcohol se niega a rebajar nuestra galopante ansiedad. A esta situación, la película ira aplicando poco a poco un prisma sombrío que nos irá intoxicando lenta, pero inexorablemente. «La invitación» habla de la amistad, del amor, de la pérdida, del deseo, del miedo, de verdades incómodas, de secretos, de superación…pero (y aquí está uno de sus principales méritos) no los trata desde el drama; sino desde el terror. Como buen ejemplo del género, desde sus primeros minutos, espectador y protagonista empezarán a sospechar de todos y de todo cuanto les rodea.
Algo muy peligroso está a punto de suceder…y nadie parece querer hablar de ello
Según va viviendo, cada cual va acumulando deudas pendientes y, precisamente, una de las gracias de esta vida es poder ir saldándolas. En mi caso, una de ellas era visitar Londres. Resultaba paradójico que habiendo tenido la suerte de estar en buena parte de los países europeos no hubiera podido pisar la ciudad del continente seguramente más excitante para todo aquel que ama la música, el cine y las series. Pero, hete aquí, que, por las más variadas razones y pese a ser siempre uno de los primeros objetivos, el viaje a la capital británica acababa siempre siendo pospuesto en beneficio de otros destinos. Pero todo, o más bien casi todo, llega y un servidor pudo quitarse esa espinita recientemente. Y justamente en uno de los momentos más adecuados para hacerlo. Así es la vida.
Una primera visita a Londres de cinco escasos días acaba convirtiéndose en un puzzle cuasi imposible ante tantísimas piezas que hay que encajar. Al ingente número de monumentos imprescindibles, calles emblemáticas, inmensos parques, completísimos museos, curiosos mercados y demás atractivos que puede presentar cualquiera de las grandes metrópolis europeas, en Londres hay que añadir su inabarcable propuesta cultural. Leer más…

(AVISO: Resulta difícil hablar de un producto tan gráfico sin aludir a algunos detalles. Si eres extremadamente sensible a esa delgada línea que separa el spoiler de lo inevitable, vuelve tras ver «The Tribe» para comentar con nosotros.)
Hace un par de años y con la intención de acercar a nuestros lectores a la producción griega «Miss Violence» hablaba de ese tipo de cine que nos deja en un estado posterior desapacible, que llega para mostrarnos lo peor del ser humano y reducirnos a la condición de espectadores frustrados que de manera evidente no pueden actuar ante lo que están contemplando. Cine del que hace daño, del que nos deja en el organismo la misma sensación de las malas vivencias. Un tipo de cine que nuestra naturaleza morbosa y nuestra sed de experiencias con la pantalla nos arrastra a mirar.
Así llega «The Tribe» a algunas salas españolas, dos años más tarde de lo que debería y con una promesa de incomodidad que en general logra verse cumplida. Una cinta ucraniana mayúscula dirigida por Miroslav Slaboshpitsky no carente de retos a lo largo de sus dos horas de duración. Parte de la premisa del ingreso de un estudiante sordomudo en un internado especial que casi se nos antoja un campo de batalla, donde por cuestión de supervivencia sólo tardará unas horas en unirse a la organización delictiva que controla la institución. Como particularidad no existen doblajes, subtítulos, ni traducciones. Nuestra relación con la obra trascurrirá con el sonido ambiente de la realidad en la que intentamos entrar y todas las conversaciones se llevarán a cabo en lenguaje de signos. Leer más…




















