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«Del revés»: por cada risa, una lágrima

22/07/2015

Inside Out

Cuando los rumores sobre el nuevo proyecto de Pixar adelantaban que la historia se desarrollaría casi exclusivamente en la mente de una niña de once años, no sólo se empezó a pensar que se trataba de un concepto apasionante; sino que Pixar volvería a recuperar el puesto de referencia que (desde el origen de la compañía) se merece por méritos propios. No obstante, quizás no sea del todo justo catalogar a esta película como el regreso a la excelencia que muchos la asignan, ya que no hay que olvidar que «Inside Out» (título original de la película), es el resultado de un proceso que ha durado casi siete años (desde el estreno de «Up«, última obra de Pete Docter). Años en los que la compañía ha vivido su compra (7.400 millones de dólares le costó a Disney), forzando de alguna forma a demostrar su gran rentabilidad para poder continuar con su libertad artística (de ahí el estreno de «Monstruos University» o «Cars 2«…flojas artísticamente hablando; pero auténticas representantes de lo que significa hacer dinero); además de tener que decir adiós (por el momento) a dos directores básicos dentro de la compañía, como son Brad BirdLos increíbles«, «Ratatouille«) y Andrew Stanton (saga «Toy Story«, «Monstruos S.A«, «Buscando a Nemo«, «Wall-E«) que han probado fortuna (no muy exitosa) en el cine de imagen real . Estos años convulsos pudieron dar la impresión de haber afectado la percepción que, desde el exterior, tenemos sobre el nivel de calidad de la compañía; pero Pixar no trabaja secuencialmente en sus proyectos, sino en paralelo; por eso, mientras potenciaba el interés económico en la compañía para defender su espiritu libre dentro de la corporación Disney, paralelamente mantenía proyectos de encomiable calidad como «Inside out» o «The good dinosaur«, la próxima maravilla que disfrutaremos cerca de las Navidades.

Seguro que más de una vez, viendo el comportamiento de algún crío pequeño, os habéis preguntado qué se le estará pasando por la cabeza en este momento…pues esa es una de las muchas cuestiones a las que «Inside Out» pretende responder de una forma original, llena de inventiva y cariño. Para ello, nos sitúa en el preciso instante del nacimiento de una niña, de nombre Riley (Kaitlyn Dias). Cuando aún desconoce todo sobre lo que es la vida, nos introduciremos en su mente para ser testigos del origen de su primera emoción, de nombre Alegría (Amy Poehler); a la que, pocos segundos después, seguirán Tristeza (Phyllis Smith), Miedo (Bill Hader), Ira (Lewis Black) y Asco (Mindy Kaling). Todos ellos trabajarán de forma coordinada para gestionar los recuerdos de la pequeña, generar ideas y ayudarla a interactuar con su entorno (familia, amigos, etc). De esta forma, la acción se va desplazando entre dos escenarios principales: la realidad exterior (el entorno familiar) donde Riley vive día a día y, principalmente, la sala de control de su mente (donde las emociones realizan su labor en jornadas de trabajo marcadas por las fases de inactividad de Riley). Estas versiones antropomórficas de nuestras emociones, estilizadas e identificadas con un color particular para cada una de ellas, estarán en constante alerta para responder ante los innumerables eventos que sucedan alrededor de la niña, deliberando y negociando entre ellas para dar (a través de un panel de control) con el movimiento más adecuado para Riley en cada momento de su vida, con el fin de mantener un saludable y constante equilibrio en la pequeña. Durante los primeros veinte minutos de la película asistiremos a sus primeras experiencias en la vida, sus primeros recuerdos, sus primeros atisbos de personalidad; prologo que forma parte de lo que ya es una maravillosa tradición en la mayoría de producciones de Pixar: un deleite de emociones (nunca mejor dicho) para el espectador. Conseguidas gracias a una presentación de personajes y vivencias de la infancia de Riley repletas de magia, capaces de provocar en nosotros un torrente de emociones,con inaudita facilidad; como sólo la compañía de Lasseter ha sido capaz de generar en inolvidables momentos de Wall-E, Up, Toy Story, etc. Mostrando, (bajo la aparente sencillez de la vida de una menor de edad), una propuesta enormemente original, arriesgada y ambiciosa. Así, contemplaremos el trabajo que estas cinco emociones básicas desempeñan, comandadas por Alegría, una efervescente e inagotable fuente amarilla de optimismo, que siempre consigue apaciguar los pequeños conflictos que se originan entre Ira (una especie de híbrido entre Bob Esponja y un ladrillo rojo que, con su camisa y corbata, en mi opinión acaba resultando la emoción con el aspecto más acertado a lo que es la realidad: el siempre «amigable» entorno de oficina), Asco (una presumida forma verde que siente especial desapego por el brócoli), Miedo (una alargada, temblorosa y nerviosa forma morada vestida como un bibliotecario de los años 60) y, por último, Tristeza (una pesimista y cabizbaja figura azulada). Pero, además de marcar el comportamiento de Riley, este quinteto de emociones también llevarán la gestión y logística de todos y cada uno de los recuerdos (almacenados en forma de canicas traslucidas), que se irán depositando en los interminables almacenes que hay detrás de la sala de control. En función del tipo de recuerdo que sea, la bola tendrá el color asignado a esa emoción. Aunque, Tristeza tendrá la capacidad de dejar su característico color azul en cualquier recuerdo que toque, a pesar de que hubiese sido previamente almacenado por una emoción distinta.

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«Terminator Génesis»: la familia y uno más

20/07/2015

Terminator Genesis_Poster

La nostalgia vende, y esa consigna Hollywood la está explotando hasta sus últimas consecuencias sin el menor rubor, bombardeándonos constantemente con puestas al día y reciclajes indiscriminados de los tótems del pasado, preferentemente de los 80 y 90, tratando de aprovecharse de la cándida melancolía y de la incauta cartera de los adultos que fuimos niños o adolescentes en aquellos maravillosos años. Poco importa que el recurso termine demasiadas veces en fracaso económico o que únicamente sirva para cubrir costes y poco más, porque entre tanto “Poltergeist” de medio pelo puede aparecer un “Jurassic World” que haga saltar la banca y justifique la insistencia en expoliar y explotar los recuerdos de la infancia. Que en el proceso aparezca muy de vez en cuando una anomalía como “Mad Max: Fury Road”, aclamada unánimemente por la crítica, es algo que ni siquiera los grandes estudios saben muy bien cómo interpretar porque aquí lo que importa, está claro, es el box office. En este contexto descaradamente mercantil, una película puede resolverse con más o menos gracia, el producto puede ser más o menos decente, pero admitamos que aquí lo de menos es el cine. Lo importante es que tú y yo pasemos por caja. ¿Que comprueban que la casa encantada por espíritus burlones adictos a la TV ya no le interesa a nadie? Bueno, que no cunda el pánico, dirán, porque tenemos donde elegir. Démosles a los Cazafantasmas, o a los Goonies, o al maldito Rocky otra vez, y si eso falla no nos desmoralicemos, que nos queda la joya de la corona, “Star Wars”; ahí sí que os tenemos pillados a todos, ¿verdad, truhanes?

Asumamos que el cine, en su faceta más comercial y salvo felices excepciones, ha perdido mucha de la creatividad, el romanticismo, la pasión y el riesgo de antaño. Es la diferencia que hay entre el Kyle Reese de Michael Biehn, el héroe machacado, todo piel y huesos, envuelto en un hálito trágico de profunda tristeza de “Terminator” (1984), y el Kyle Reese con aspecto sanote, despreocupado e insustancial de “Terminator Génesis”. Conviene que tengamos claro a lo que venimos aquí, a refugiarnos de las temperaturas criminales del exterior al abrigo del aire acondicionado de la sala, y a pasar el ratejo de la mejor manera posible con la esperanza de que al menos no se hayan meado en algunos de los más entrañables y queridos rincones de nuestra memoria cinematográfica. Esperar algo remotamente parecido a lo que experimentamos la primera vez que vimos “Terminator” sería de necios. En mi caso con más razón, pues la cinta original de James Cameron forma parte fundamental de la educación cinéfila que recibí en los videoclubs de barrio. De hecho, fue allí, en esos benditos tugurios y no en las salas de cine por las que pasó sin hacer ningún ruido, donde se gestó la leyenda de una cinta clave en el desarrollo del cine fantástico de los 80, una que hizo de la necesidad virtud y que supo exprimir su exiguo presupuesto superando las limitaciones de la serie B. Fue mérito de un joven Cameron, que impartió una magistral lección de ritmo narrativo, de perfecta huida hacia adelante sin flaquear ni un solo instante y con un crescendo constante de la tensión, pero también de Stan Winston, que elaboró unos FX que pese a haber sido ya netamente superados siguen siendo tremendamente efectivos y perturbadores (¡cómo olvidar al T-800 reparándose frente al espejo!). Y por supuesto también hay que reconocer a Schwarzenegger (y en España al insustituible doblaje del añorado Constantino Romero) por dar vida al villano definitivo, un organismo cibernético recubierto de piel humana que nunca, jamás, se iba a rendir hasta que cumpliese con su objetivo. Ahora ya hemos visto la jugada repetida tantas veces en todo tipo de subproductos de terror que ya no tiene mayor impacto, pero aquella imagen del endoesqueleto metálico resurgiendo de las llamas mientras Sarah y Kyle se abrazaban creyendo que todo había termina era de las que impresionaron a toda una generación. Leer más…

«Penny Dreadful»: la liga de los monstruos extraordinarios

17/07/2015

(ALERTA SPOILER: Si no has visto la segunda temporada de “Penny Dreadful” hasta la emisión de su último capítulo, “And they were enemies”, deberías prohibirte a ti mismo seguir leyendo. Meterte en zonas sombrías sin dominar las artes oscuras, tiene sus riesgos).

Echando la vista atrás, hace muchas lunas que comentamos la brisa de aire fresco que suponía «Penny Dreadful»; pues a pesar de ser un claro homenaje (y remake) a las legendarias y terroríficas criaturas clásicas, también era el triunfo de la renovación, del renacimiento de una mitología a través de potenciar el dramatismo, la personalidad y las historias que estos personajes arrastraban durante décadas; obteniendo como recompensa la fascinación de un espectador entregado a degustar esta inesperada delicatessen, formada por unos ingredientes (mitología) muy conocidos ya  por separado; pero cuya nueva combinación resultaba altamente satisfactoria, donde el cine había acumulado fracaso tras fracaso durante décadas. «Penny Dreadful» encontró la historia, el tono y la estética adecuada para cautivar al espectador, ganándose formar parte de nuestro top 15. Pero eso fue el año pasado. Ahora, con la segunda temporada ya emitida, tocaba mantener un listón ya de por sí bastante alto, seguir desarrollando a los personajes de forma lógica y relatar una historia que volviera a cautivarnos. Es en este punto donde innumerables series no son capaces de aguantar la velocidad de crucero que ellas mismas se autoimpusieron en su primera temporada. Llegaron, sí…pero no supieron mantenerse.

Como contrapunto a estos frecuentes casos, nos encontramos con pocas series (afortunadamente, cada día más) que no sólo la segunda temporada encaja perfectamente con toda la historia desarrollada el año anterior; sino que además son perfectamente conscientes de las armas que tenían en la anterior entrega y, este año, han perfeccionado su uso de manera notable. La segunda temporada de «Penny Dreadful» no sólo la confirma como el (¿único?) intento que ha conseguido reunir de forma plenamente efectiva a todos estos seres monstruosos, exhalando por cada poro sus góticas raíces literarias; sino que supera punto por punto todos los aciertos que, por méritos propios, tenía su anterior entrega. Este año, se sacude aquellas pequeñas notas discordantes  que pudieron detectarse en el 2014, para poner toda la carne en el asador en aquellos apartados básicos para cualquier serie: guión, dirección (aún sin contar esta vez con J.A. Bayona), interpretación y dirección artística (más aún en este caso). «Penny Dreadful» consigue superarse a si misma, afilando sus colmillos y sus garras para hundirlos ferozmente en el espectador; llegando por momentos a una extraña crueldad disfrutable. Eliminando la poca luz de esperanza que dejó la primera temporada y ampliando aún más si cabe las perturbadoras zonas oscuras que ya mostraba. Para quien esto escribe, supera con creces toda expectativa que tenía…y no eran pocas. Convirtiéndose, de nuevo, en uno de los más recomendables fenómenos televisivos de este año.

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‘Conexión Marsella (La French)’: El imperio (de la droga) contraataca

10/07/2015

Conexion Marsella Jean Dujardin

Los fans del cine de gángsters no hemos tenido mucho con lo que contentarnos en los últimos años. Una vez que Don Scorsese parece haber abandonado definitivamente el género (pese a que ‘El Lobo de Wall Street’ compartía mucho de los códigos de sus grandes clásicos mafiosos), probablemente hayan sido los últimos intentos de James Gray en el género la tabla a la que aferrarse más o menos recientemente. Por eso tenía tanta fe en una producción francesa como ‘Conexión Marsella’, teniendo en cuenta que un filme de esa nacionalidad, la carcelaria ‘Un profeta’, fue una de nuestras últimas alegrías.

Constituyendo el lado galo de la trama que centraba la clásica ‘French Connection’, es decir, narrando el funcionamiento en su ambiente de la mafia marsellesa que inundó de heroína EE.UU en los años 70, contra lo que luchaba el inolvidable Gene Hackman de la película de William Friedkin; la titulada en España ‘Conexión Marsella’, aunque cuente con el mucho más convincente original de ‘La French’, nos procura de entrada una sensación ambivalente al contar con todos los ‘tics’ que presuponemos al género: recreación ‘glamourosa’ de la época, míticas canciones setenteras como banderín de enganche, un villano interpretado por alguien tan (demasiado) evidente como Gilles Lellouche… Por un lado, uno se siente tan a gusto como cuando vuelve a casa tras un largo viaje; por el otro, todo suena un tanto postizo, con la intención demasiado clara de epatar al aficionado. Leer más…

The Darkness y ‘Last of our Kind’: Vivos y coleando tras el aterrizaje forzoso

06/07/2015

The Darkness Last of our kind cover

Hubo un tiempo no muy lejano en el que una pequeña banda inglesa acaparaba titulares, despachaba más de dos millones de copias de su debut en pleno auge de la piratería y se alzaba como la gran esperanza blanca para devolver al hard rock a lo más alto de las listas.  Esa banda era The Darkness, aquel disco se llamaba ‘Permission to Land’ y encandiló a unos cuantos redactores de este blog, que pasaron de testearlos en directo y disentir sobre las virtudes de su segundo álbum, el nunca suficientemente valorado ‘One Way Ticket to Hell…and Back’, a lamentar su ruptura, a alegrarse por su regreso y, una vez ya con está bitácora en funcionamiento, a glosar su carrera, a analizar su obra de vuelta, ‘Hot Cakes’, y a contaros las excelencias de sus conciertos. Desde esa posición de fans, hemos sido testigos, no sin cierta sensación de impotencia, del progresivo descenso de ventas y presencia en los medios de una banda que, creemos, hubiera merecido mayor premio. En 2015, The Darkness se han olvidado de pasadas ínfulas y, pese a las toneladas de frescura, humor y buena música que han ofrecido a la escena, editan su cuarto disco, ‘Last of our Kind’, de forma independiente y asumen que se han convertido en una de esas numerosas bandas que sobreviven con dignidad tocando en aforos pequeños-medianos y creando nuevas canciones que solo paladearán una pequeña pero sólida base de fans. El aterrizaje cómodo y en loor de multitudes que presagiaba el título de su primer disco se ha tornado en forzoso con los años.

Inasequible al desaliento provocado por el relativo fracaso comercial de ‘Hot Cakes’ y la deserción de su batería de siempre, Ed Graham, la banda de los hermanos Justin y Dan Hawkins siguen en sus trece de ofrecer al mundo un hard rock melódico y absolutamente desenfadado y de seguir homenajeando en cada acorde a los grandes del género, después de incorporar tras los tambores a una fugaz Emily Dolan Davies que, tras grabar el nuevo disco, ha sido sustituida por Rufus ‘Tiger’ Taylor. ¿Lo adivinan? Sí, el hijo de Roger Taylor, el baqueteador de una de las bandas a las que más deben The Darkness: Queen. Leer más…

«Jurassic World»: más grande, más ruidoso… menos dientes

01/07/2015

JurassicWorld_logo

Una aventura que comenzó hace 65 millones de años.

Con estas palabras comenzó en el verano de 1993 la campaña promocional de «Parque Jurásico«, película dirigida por Steven Spielberg y basada en el best-seller homónimo de Michael Crichton (tristemente fallecido hace casi siete años). Aquella película marcó desde el mismo momento de su estreno varios hitos que han influido notablemente en el cine comercial, tal y como lo conocemos hoy en día. Al igual que, cuando el propio Spielberg rodó «Tiburón» en 1975 ya puso los cimientos para esas películas comerciales con las que el público acudiría en masa a las salas de cine, preferentemente en verano; con «Parque Jurásico» establecería una nueva máxima: por primera vez, los personajes principales de una gran superproducción estaban generados por ordenador. Si bien es cierto que muchas cosas han cambiado desde aquella primera imagen generada en ordenador para el cine, casualmente para «Westworld, almas de metal» (1973) escrita y dirigida por el propio Michael Crichton y que basaba su trama en un parque de atracciones futurista, en el que una de sus atracciones (interpretada por Yul Brynner) quedaba fuera de control, amenazando a los visitantes (suena familiar, ¿verdad?); no sería hasta 12 años después en los que veríamos un enfrentamiento en el mismo plano entre un personaje de imagen real y uno generado por ordenador, en la reivindicable «El secreto de la pirámide» (1985, Barry Levinson), con aquel soldado medieval que surge de una vidriera. No obstante, hay que reconocer que, si hay un director que supo ver antes que nadie el potencial de esta tecnología y la enorme convulsión que significaría para la historia del cine, ese fue James Cameron. En «Abyss» ya marcó distancia con aquel pseudópodo digital de origen alienígena, que sirvió de ensayo general para el auténtico paso decisivo que supondría su siguiente título: «Terminator 2«, (film a años-luz tecnológicamente del resto de películas de su época), que suponía contar con el primer villano digital (aquella polialeación mimética llamada T-1000). A partir de «Jurassic Park», no ha habido un gran estreno donde el CGI no fuese parte primordial e incluso protagonista, llegando a tal punto de uso (y abuso) que hoy en día no es posible ya una reacción como la que provocó «Jurassic Park» en el 93, porque el espectador ya está acostumbrado a ese «más difícil todavía».

Aquel verano salimos de la sala convencidos de que esos dinosaurios eran reales. Que no había diferencias entre clonar a una oveja escocesa o a un dinosaurio extinguido hace millones de años; recuperado a partir de una muestra de sangre extraída de un mosquito enterrado en ambar. A pesar de que aquella historia no necesitaba ninguna continuidad (los malos, acababan devorados; los buenos, a salvo y conscientes de la no viabilidad del parque; los dinosaurios, demostrando que la vida se abre camino en lo que acabaría convirtiéndose en una reserva de la biosfera prehistórica…en un final muy distinto al de la novela), tras reventar la taquilla de aquel año recaudando más de mil millones de dólares, pronto llegaron dos secuelas («El mundo Perdido«, Steven Spielberg y «Parque jurásico 3«, Joe Johnston) a las que el público seguiría respaldando; aunque en mucha menor medida si tenemos en cuenta la recaudación de ambas entregas (618 millones y 368 millones, respectivamente). Y es que la sensación de ir con el «piloto automático» por parte de los principales responsables (Crichton y Spielberg), se confirmaba cuando la dirección de la segunda entrega se realizaba en parte mediante videoconferencia desde Los Ángeles (rumor nunca negado por el «Rey Midas») y el guión de estas secuelas, que basaban sus mejores escenas en pasajes no rodados de la primera novela (ahí están las escenas en la catarata, el viaje por el río e incluso el mismísimo inicio de «El mundo Perdido», que es realmente el comienzo de la primera novela de Crichton). La primera entrega jurásica ya establecía el siguiente dogma en la saga: algo sale mal y los dinosaurios acaban matando gente. Y esto lo han ido repitiendo de forma sistemática cada una de las secuelas, sin desviarse ni un milímetro del camino establecido. Obviamente, las estrellas de la función son los dinosaurios y, especialmente, los depredadores, por lo que resultaría chocante que una entrega se dedicara a describir un apacible día familiar en el parque, sin que nada se saliera de control…y ahí radica su acelerada fatiga y su principal limitación para extender la historia por nuevas situaciones. Y así, con una formula ya agotada, la preproducción de la cuarta entrega se fue retrasando hasta llegar a nuestros días; en la que nos encontramos con la promesa de un reinicio de la saga, sin un sólo personaje en común con la trilogía anterior (no del todo cierto) y con la firme propuesta de asombrar al público en la misma medida que lo hizo «Jurassic Park». Leer más…

«The Monsanto Years», en la zona media de Neil Young

29/06/2015

Neil Young_The Monsanto Years_cover

En El Cadillac Negro algunos conductores somos fieles seguidores del ya casi septuagenario Neil Young, y sin embargo aquí no llegamos a reseñar las dos entregas discográficas inmediatamente anteriores a este flamante “The Monsanto Years” de 2015, tal vez porque no tenemos tiempo para estar en todos los fregados, o tal vez porque consideramos que tanto “A Letter Home” como “Storytone”, ambos publicados en 2014, no pasaban de ser meras curiosidades en la vastísima discografía del indómito canadiense, a quien ni la edad, ni el cansancio ni el aburrimiento parecen hacer mella en su afán por afrontar nuevos retos y experimentar con distintos formatos. Así, “A Letter Home”, registrado en una vieja cabina Voice-O-Graph con la asistencia de Jack White, no era más que una colección de versiones interpretadas precariamente con una simple guitarra acústica y algún piano ocasional que jugaba la carta de la nostalgia por el sabor añejo y los colores sepia de las grabaciones antiguas, mientras que el más ambicioso “Storytone” presentaba a Young vestido con ropajes sinfónicos y de big band en una irregular sucesión de viñetas que curiosamente funcionaba mejor cuando se alejaba de orquestaciones excesivamente ostentosas y azucaradas y se ceñía a un sonido más canónico. Tan saciados quedamos con la doble ración eléctrica que tuvimos en 2012 de la mano de Crazy Horse (“Americana” y “Psychedelic Pill”) que los discos de 2014 nos pillaron con poca hambre de Young, ni tampoco se nos ofrecieron como platos principales.

Pasa con el de Ontario un poco como con Woody Allen. Ambos veteranos son dueños de un universo particular y reconocible en el que sus seguidores casi siempre nos sentimos cómodos, y ambos se imponen un ritmo de producción tan alto que sabes que inevitablemente van a abundar las obras menores, aunque también te garantizan que en rara ocasión van a entregarte algo que sea rematadamente malo. Siempre, en cualquiera de sus discos o películas, va a haber algo rescatable, aunque solo sea una canción o un gag extraordinarios. Y de vez en cuando (cierto que cada vez con menos frecuencia) despachan una obra maestra. Son tipos admirables porque van a lo suyo, confían (a veces en exceso) en su talento natural y no se piensan demasiado las cosas. Si alguna obra no ha acabado de funcionar no importa mucho porque más pronto que tarde habrá una próxima vez. En ese sentido, “The Montosanto Years” no es ni mucho menos una de esas obras mayores e incontestables de Neil Young, ni tampoco cae del lado de sus discos buenos-pero-no-cojonudos, más bien se trata de un álbum de rock (de la facción sin Crazy Horse) que puede inscribirse sin muchos apuros en la clase media de la discografía reciente del artista. Cercano en sus intenciones reivindicativas al notable “Living with War” de 2006 pero más próximo en sus resultados al mediano “Fork in the road” de 2009. Leer más…

‘Empire falls’: Botes contra la corriente

26/06/2015

Empire Falls Ed Harris Paul Newman

Para darnos cuenta de lo vertiginoso de los tiempos que vivimos en la televisión, basta decir que ‘Twin Peaks’ se mantuvo como el gran tótem de la creación televisiva durante más de una década. Pero a partir de principios del actual siglo, las grandes obras de referencia en el medio se suceden sin solución de continuidad. Así, la hornada formada por ‘Band of Brothers’, ‘Angels in America’, ‘Los Soprano’, ‘The Wire’, ‘Roma’ o ‘Perdidos’ fue pronto tragada por las excelencias de ‘Boardwalk Empire‘, ‘Homeland’ y ‘Breaking Bad’, que casi fueron apartadas de un plumazo cuando llegó esa maravilla titulada ‘True Detective’. Obviamente, toca congratularnos de estar insertos en una época absolutamente histórica, pero todo tiene sus desventajas. y una de ellas es la gran cantidad de notables y sobresalientes producciones que, más allá del reconocimiento que tengan en su fase de lanzamiento, han quedado pronto demasiado relegadas en el olvido para los aficionados. Uno de nuestros objetivos cuando creamos este vuestro blog era precisamente, además de, por supuesto, tratar la actualidad más candente, reivindicar grandes obras del pasado para que pudieran ser descubiertas/redescubiertas por nuestros lectores. Y una producción que cumple todos estos requisitos es, sin duda, ‘Empire Falls’.

El gran símbolo de esta era, HBO, of course, decidió apostar todo al rojo en 2005 con ‘Empire Falls’, la adaptación de un clásico moderno de la literatura, que le hizo ganar en 2001 al estadounidense Richard Russo el premio Pulitzer de ficción. Concebida como una miniserie de dos episodios (cuatro horas en total que pasan como un suspiro), la fidelidad al original quedó garantizada desde un inicio al serle encomendada la escritura del guión al propio Russo,  siendo la dirección para un eficaz artesano como el australiano Fred Schepisi (¿recuerdan ‘La casa Rusia’ o ‘Seis grados de separación’?), mientras que se hizo un especial esfuerzo en el casting, conformando uno de los más grandes repartos que nunca haya visto la pequeña pantalla. Tomen aire, allá va…Ed Harris, Paul Newman, Robin Wright, Philip Seymour Hoffman, Helen Hunt, Joanne Woodward, Dennis Farina, Aidan Quinn, Estella Parsons, Lou Taylor Pucci, la muy prometedora Danielle Pennebaker, secundarios de tanta enjundia como William Fitchner o Larry PineLeer más…