Confieso que a los cinco minutos de empezar a verla ya estaba completamente enamorado de la pareja protagonista de «Catastrophe», la serie que más insistentemente he recomendado en los últimos meses, incluso con el riesgo de pecar de pesado y monotemático, pero con la seguridad de estar haciendo un favor a la humanidad más cercana, por lo que una vez finalizada su tercera temporada no puedo evitar agarrar el altavoz de El Cadillac Negro para persistir en mi consejo. Para empezar, hablar de una comedia romántica se queda definitivamente corto para etiquetar «Catastrophe», aunque en el fondo lo sea; quedarnos en el modernete término de dramedia quizás haría más justicia, pero incluso esta es una definición más que escueta; y decantarnos por comedia inteligente es algo tan manido que realmente llega a decir poco ya. Por lo tanto, voy a tratar de huir de etiquetas, aunque a buen seguro que con las ya descartadas puedes hacerte una idea de por dónde van los tiros. «Catastrophe» es la historia de una pareja que te atrapa desde el principio, te engancha a golpe de humor, pero con la que terminas sufriendo mientras la sonrisa se te va helando. «Catastrophe» te guiña un ojo para engatusarte y cuando te tiene conquistado empieza a darte suaves bofetadas en la cara, cada vez con más mala leche, hasta que de repente te das cuenta de que te están hostiando de lo lindo.
En tiempos de infinitas pantallas, las comedias, al igual que el resto de ficciones televisivas, viven un momento de búsqueda, intentando escapar de las sitcom para todos los públicos que desde hace décadas conviven en nuestros televisores, pretendiendo segmentarse para llegar a públicos más específicos y lograr su pequeño hueco entre tanta oferta. En varios post anteriores hemos hablado de la pretendida reinvención de la comedia romántica, la cual ha vivido momentos de más o menos éxito (os remitimos a nuestras opiniones de series como «Girls», «Love», «Eres lo peor» o «Lovesick»). En el caso de «Catastrophe», la novedad se presenta en primer lugar en la edad de los protagonistas. Los jovencitos casi siempre guapos son sustituidos en esta ocasión por una pareja que ya ha pasado los 40, y esos 10 años de más suponen una enorme diferencia con las propuestas habituales, eso lo cambia todo. Por este motivo, me atrevo a sentenciar que si estás bordeando la mitad de tu vida, si tu pasado ha causado ya las suficientes y necesarias cicatrices y si sientes cierta frustración al sentir que los protagonistas de muchas de las comedias que ves representan episodios por los que ya pasaste, seguramente te identificarás con «Catastrophe», siendo más que probable que termines amándola y odiándola por el mismo motivo, por ponerte delante un espejo e ir quitando de él poco a poco todos los filtros que en principio dulcifican el reflejo.
Chris Cornell: sus 10 temas imprescindibles

Hay días malos, otros horrorosos y luego… este 18 de mayo. Mirando el póster colgado en la habitación de la casa de mis padres que tantas veces presencié mientras agitaba el cuello al ritmo de los clásicos de Soundgarden, veo su pose mesiánica a la vez que sensible, cerrando los ojos, cantando al micrófono como si éste fuera el último que quedara en el mundo y se acrecienta mi estupefacción al cerciorarme de que ese ser aparentemente todopoderoso, indestructible, ya no está con nosotros. Sí, todos los sabéis ya, Chris Cornell ha muerto y el mundo pasa a ser un hábitat mucho más inhóspito sin su gloriosa voz.
Los lectores veteranos del Cadillac ya sabéis nuestra admiración hacia Soundgarden -no en vano les hemos dedicado hasta tres posts en estos pocos años- , por lo que en esta ocasión vamos a evitar adentrarnos en profundos análisis sobre la obra de Cornell y nos centraremos en aquello que nos pide el cuerpo ahora mismo: celebrar su existencia y su genialidad a través de las que, modestamente creemos, son las canciones que mejor captan su exquisito legado. El cuerpo principal lo constituye, obviamente, su trayectoria con Soundgarden- sin duda, una de las mejores bandas de la historia del rock- pero tampoco dejaremos de lado su carrera en solitario, su glorioso proyecto Temple of the Dog y su paso por Audioslave. Seguramente echaréis de menos algunos de sus mayores éxitos («Black Hole Sun», «The Day I Tried to Live», «Spoonman», «Hunger Strike», «You Know my Name»), pero hemos optado por dar cancha a nuestro corazoncito en un día tan emotivo y glosar nuestros favoritos personales. Va por ti, Chris, say hello to heaven. Leer más…
«This is us», ese placer culpable

(ALERTA SPOILER: Este post desvela distintos asuntos clave de la primera temporada de «This is us». Si aún no has visto todos los capítulos, lee con moderación).
Allá por los añorados años 70, cuando Hollywood estaba liderado por las ambiciones autorales y un tono pesimista-apocalíptico, el estreno de «La guerra de las galaxias» supuso para los ‘sufridos’ espectadores una bocanada de aire fresco que les permitía ‘respirar’ un poco, sumergirse en la fantasía y dejar de tomarse la vida tan en serio. Hasta tal punto que su mastodóntico éxito provocó un absoluto cambio del panorama cinematográfico estadounidense, dejando en un progresivo olvido a las figuras que tan altas cotas le habían hecho alcanzar y apostando por la gozosa evasión que centraría la venidera década de los 80.
No voy a hacer aquí comparaciones absurdas, pero salvando las infinitas distancias, algo de lo expuesto en el anterior párrafo puede explicar el fulgurante éxito de «This is us», ya convertida tras su primera temporada en uno de los grandes ‘pesos pesados’ de la ficción televisiva norteamericana al descolgarse con audiencias de entre 10 y los más de 12 millones de espectadores que presenciaron en la NBC su ‘season finale’ y sobre cuyas, ya confirmadas, dos próximas temporadas hay depositadas las más altas expectativas en ese sentido.
Antonio Vega: corazón latiendo canciones
El 12 de mayo de 2009 nos dejó una de las voces más importantes del pop nacional y una de las manos más sensibles de la escritura española. Antonio Vega es uno de los nombres grandes de la cultura patria, por lo que no podemos dejar pasar ni un día más sin dedicarle unas letras. Para tal empresa nos servimos de la prosa de Marcus Versus, escritor, editor de poesía y amante de Antonio Vega, cuyo último libro ya os recomendamos en estas líneas, quien nos retrata algunos de los rasgos que conformaron una personalidad tan genial como atormentada. Marcus Versus nos regala un torrente de palabras e imágenes, unas píldoras sobre su discografía y una colección de canciones a flor de piel. Porque Antonio Vega fue mucho más que «La chica de ayer» y «El sitio de mi recreo», pero no lo olvidemos, Antonio Vega creó «La chica de ayer» y «El sitio de mi recreo».
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·Al volante: MARCUS VERSUS
El hombre inmortal
Una frágil mirada se arrastra por el escenario. Agarra con consistencia el mástil de la guitarra. Nadie sabe qué pasa por su mente, qué pasaba*. La última montaña voló un día soleado, y vacío**.
La exactitud de las canciones era consecuencia del trabajo artesanal, de tejer las palabras en Sol mayor. Todos sabíamos que se acabaría muriendo el hombre inmortal. El hombre de manos grandes, de corazón abierto.
«Pop»: el último desafío de U2
Casi todo el mundo está de acuerdo en que «Pop» es el disco con el que U2 más coquetearon con lo que viene a ser un fracaso, el disco con el que más decepciones causaron y el disco con el que más cerca estuvieron de darse la hostia. Todo esto en el caso de que todo esto realmente no sucediera. Pero también es de justicia recordar que «Pop» fue el último disco en el que U2 verdaderamente arriesgaron, jugaron, apostaron e innovaron. La aventura data de 1997, por lo que dos décadas después creo que es hora de levantar la mano sin miedo y con firmeza para pedir la palabra y defender bien alto este álbum, entendiéndolo ahora como un intento, quizás fallido, de mezclar la esencia de los U2 más reconocibles, aquellos que habían quedado algo aparcados tras los fogonazos de «Achtung Baby» y «Zooropa», con el espíritu de la música dance más desinhibida. La apuesta realmente era suicida y seguramente no se consiguió lo que se pretendía, pero en ese esfuerzo por sacar adelante un proyecto casi kamikaze, luchando contra la naturaleza y contra lo conveniente, contra ellos mismos incluso, quedó un trabajo que en su mezcla de grietas, boquetes y destellos de luz conformó un encantador collage en el que hoy se puede disfrutar del encanto del perdedor, de la poesía de la derrota.
Recordemos el momento. Tras convertirse en el grupo más grande del planeta con «The Joshua Tree», U2 recibió el primer aviso con «Rattle and Hum». Y en una época en la que Bono y los suyos aún gozaban de cintura y agilidad, crearon uno de los trucos de magia más sorprendentes de la historia reciente de la música (e incluso no tan reciente) con la reinvención que supuso «Achtung Baby» (y cuyo concienzudo análisis ya dejó mi camarada Jorge en estas impagables líneas: La mosca en la pared), disco que tuvo su pertinente representación en la gira «Zoo TV», me atrevo a decir que una de las más importantes, por calidad, riesgo y novedad, de toda la historia. La jugada tuvo su coherente continuación en esa joyita llamada «Zooropa» y en el apéndice de «The Passengers», un álbum bastardo del grupo que ni se atrevieron a bautizar con U2 debido a la distancia que le separaba realmente de su propuesta, y que demostraba que la investigación no iba a quedar ahí, no había vuelta atrás, aunque poco después se comprobaría que realmente sí había. Y es que tras el incomprendido/errático «Pop» (cójase la definición que más guste), el grupo entendería que la hora de la experimentación había llegado a su fin, tornándose en una banda más amable, cómoda y, de nuevo, infalible. Así, con la llegada del nuevo milenio, «All that you can’t leave behind» (2000) y «How to dismantle an atomic bomb» (2004) devolvieron a U2 a su estilo más reconocible, para en 2009 volver a intentar cierto riesgo con «No line on the horizon», saliendo de nuevo de la jugada con más dudas que certezas, lo que les llevó a una encrucijada que tardaron en despejar, hasta la llegada de «Songs of innocence» (2014), donde realmente la madeja no conseguía desenmarañarse del todo, a pesar de las luces que conseguimos intuir en él, y que ya contamos en La salida del laberinto. Pero rebobinamos y volvemos de nuevo a 1997, momento en el que U2 volvió a desafiar al mundo.

Sólo tenemos que remontarnos tres años. Apenas cuatro meses después del estreno de «Capitán América: Soldado de Invierno». Aquel agosto de 2014 nadie daba un dólar por la nueva franquicia que presentaba Marvel, basada en personajes totalmente desconocidos para el gran público y que poco o nada les unía a la saga Vengadores que reinaba a sus anchas en el Universo Cinemático Marvel (en adelante, ‘UCM’). Sin embargo, apenas habían terminado los compases de aquel «Come on and get your love» con los que Peter Quill (¡Star-Lord, man!) hacía su coreografiada presentación al mundo, cuando el público en la sala ya estaba totalmente conquistado (o, al menos, aquellos reticentes que no se hubiesen enamorado cuando meses atrás sonaron las primeras notas de «Hooked on a feeling» de su trailer oficial). Aquella película, protagonizada por unos personajes marginados que jamás podrían aspirar individualmente a ser protagonistas de una película (a diferencia de Los Vengadores), dejaban fuera del top #3 de 2014 a la tercera entrega de Capitán América, (la gran apuesta de Marvel de aquel año) recaudando unos espectaculares 333 millones de dólares en USA (773 millones en todo el mundo) y quedándose a sólo 17 millones del número 1 («El francotirador» de Eastwood). La combinación de originalidad e irreverencia hacia la ya encorsetada fórmula Marvel dio como resultado un inmenso éxito. No sólo generó una impredecible y mayúscula alegría económica a Marvel; sino que añadió nuevos y frescos integrantes a la saga, expandiendo además el campo de actuación del UCM por todo el cosmos (algo en lo que «Thor: el mundo oscuro» había fracasado el año anterior). «Guardianes de la galaxia» se convertía por méritos propios en la cúspide del gran proyecto de Marvel.
Con estos números en la mano, la casa de las ideas no tardó ni un segundo en encargar a su director una nueva entrega de los guardianes para estrenarla en el presente año. Dicha producción no sólo sería la película nº 15 del UCM, sino que marcaría un novedoso rumbo (junto con «Doctor Strange«) a la denominada ‘tercera fase‘. James Gunn se enfrentaba por tanto al sempiterno desafío de hacer una secuela que mantuviera la esencia del original, repitiendo al mismo tiempo su frescura, demostrando que «Guardianes de la galaxia» no fue un golpe de suerte y, lo más difícil, estar a la altura de las enormes promesas realizadas con la primera entrega en el 2014 y las gigantescas expectativas que todos (estudio y espectadores) teníamos. «Guardianes de la galaxia» ya no era la rarita de Marvel. Con un solo film se había convertido por méritos propios en la segunda mayor franquicia de Marvel, sólo ligeramente por debajo de Vengadores. La demostración máxima de que cinco resignados y desconocidos personajes podían alcanzar, como compañeros, éxitos siquiera soñados. Que la unión hacía la fuerza. Pero a Gunn no le valía con limitarse a repetir la misma formula, pues «Vengadores: la era de Ultrón» ya había demostrado en el 2015 que dar al espectador sólo lo que espera ver no era suficiente para mantener el listón. La misma montaña rusa nunca es tan divertida como la primera vez que nos montamos en ella, por lo que no bastaba con que tuviera más acción, más comedia y mejores efectos especiales. Era imperativo dar con un elemento diferencial. Y esa clave tan necesaria James Gunn la encontró en la emotividad.
«Feud: Bette y Joan», el juego de Hollywood
El mayor pecado que puede cometer una estrella femenina de Hollywood es envejecer. Esto era así en la edad de oro y lo sigue siendo en la actualidad, salvo que te llames Meryl Streep, claro. A partir de una cierta edad los teléfonos dejan de sonar, los guiones (si llegan) solo te requieren para papeles de madre o abuela secundaria y la tentación de recurrir a un cirujano plástico que te estire la juventud perdida es inevitable. La buena noticia es que si en los viejos tiempos la televisión era una especie de cementerio de elefantes al que los antiguos dioses y diosas del Olimpo solo acudían cuando la decadencia era ya irreversible, ahora no solo es una alternativa que ha igualado o incluso sobrepasado al cine en cuanto a resultados artísticos e impacto popular, sino que es el mejor lugar para reivindicar el derecho a hacerse mayor con dignidad y demostrar que el talento no tiene edad. Que se lo digan a Jessica Lange, actriz doblemente oscarizada y mito erótico en sus años mozos, que hacía mucho tiempo que había sido exiliada de la primera división hollywoodiense cuando Ryan Murphy la (re)descubrió para las nuevas generaciones en “American Horror Story”, serie que le ha devuelto parabienes, premios, popularidad y prestigio, quizás tanto como en su época de esplendor.
Bette Davis y Joan Crawford, eran auténticas leyendas del Hollywood clásico en los albores de los años 60, pero leyendas apergaminadas para quienes los días de vino y rosas quedaban muy atrás y a las que ya nadie quería contratar. Ellas no tuvieron a su lado a un showrunner como Ryan Murphy para relanzar sus trayectorias, pero sí a un director como Robert Aldrich, que se convenció del potencial de tenerlas juntas en una película y asumió los riesgos de enfrentarse a un rodaje infernal. De alguna manera “¿Qué fue de Baby Jane?” (1962) fue el particular “American Horror Story” de Davis y Crawford, un gran éxito de taquilla que les devolvió por un instante los oropeles pretéritos, pero a la postre también fue un canto del cisne que no llegó a frenar el ocaso de sus respectivas carreras porque precisamente la carrera del tiempo la tenían perdida. De eso, del inevitable paso del tiempo en una profesión que no perdona las arrugas, de la soledad a la que condena el olvido, de vanidades reducidas a cenizas en una hoguera implacable, de egos más grandes que la vida devastados por la frustración y el abandono a los que aboca una industria machista y manipuladora, nos habla “Feud: Bette y Joan”, muchísimo más que una simple y gozosa pelea de grandes divas en un marco de glamour incomparable. Como en “American Crime Story”, Ryan Murphy recurre al pasado (en esta ocasión un pasado mítico) para hablar de un presente continuo, y el resultado, nuevamente fascinante y maravilloso, nos demuestra que las cosas no han cambiado demasiado en los últimos 50 años. Leer más…
Después de varias décadas brindándonos continuas joyas cinematográficas y reiteradas lecciones cinéfilas, cuando menos lo esperábamos, cuando tenía ante sí la oportunidad de cómodamente dar un nuevo puñetazo en la mesa, sorprendentemente en lugar de sacar pecho y dar una patada a la puerta, ha agachado la cabeza y ha abierto el portón temerosamente, cerrándolo rápidamente casi pidiendo perdón. Hablamos de Woody Allen y de su serie “Crisis in six scenes”, su primer proyecto para la pequeña pantalla que, desgraciadamente, ha resultado uno de los mayores fracasos de toda su trayectoria, y se trata de un fracaso porque el patinazo ha sido a dos niveles: por un lado, básicamente la obra está por debajo de su nivel habitual, incluso del nivel habitual en sus últimos años; y por otro, la oportunidad que le ofrecía el proyecto para desplegar todo su arsenal de genialidad ha sido desaprovechado totalmente, firmando posiblemente el título más conservador que se le recuerda.
Respecto a Woody Allen por estos lares no somos sospechosos de nada ya que siempre hemos confesado nuestra admiración hacia el genio neoyorquino, no solo con loas hacia algunas de sus más destacadas películas, como por ejemplo «Match Point», sino que también somos defensores de su última etapa, en la que, a pesar de estar casi siempre lejos de sus obras magnas, sigue otorgándonos año tras año hora y media de gozo y deleite, como demostraba en «Blue Jasmine», «Magia a la luz de la luna» o «Irrational Man». De esta forma, dejando claro que no somos de los que dudan de su reconocimiento, ni de los que creen que hace siglos que debía de haberse retirado, ni de los que llevan tiempo esperando con el mazo en alto un tropezón, hemos de reconocer que realmente ahora no ha estado atinado. Con todas las posibilidades que la todopoderosa Amazon le brindaba, con libertad de movimientos, con un formato que le invitaba a ahondar en sus traumas y en sus personajes, con la tentación de dejar su sello con ribetes de oro también en la televisión, en lugar de optar por el riesgo más kamikaze, Woody Allen ha puesto el piloto automático y ha entregado su título más plano y uno de los menos inspirados. Ojo, también seamos justos, y es que si le quitamos a la serie todos los nombres y expectativas que llevaba casi como lastre queda un programa disfrutable y por momentos divertido, y a buen seguro que en ese caso la crítica que estamos llevando a cabo tendría otro tono. También es cierto si no llevara la firma que lleva seguramente ni nos hubiésemos interesado en ella, y, de visionarla, es más que probable que no nos hubiera motivado demasiado a escribir sobre ella y habría quedado en el rincón de las series olvidables, ni tan buena como para dedicarle unas líneas y compartir nuestro entusiasmo ni tan mala como para tener que alertaros de ella. Pero el caso es que la rúbrica no se puede obviar y en este caso es la principal causa de nuestra decepción.




















